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Editorial
"La crisis del sentido"
Clarificar el sentido de la acción colectiva será la piedra filosofal que posibilitará la transformación de las organizaciones.
Es preciso que las instituciones agenden la sospecha de que perdieron el rumbo y si no lo hacen habrá que esperar el despertar de los individuos que las conforman.
Es fácil olvidar que las organizaciones fueron creadas con fundamentos racionales y científicos, pero que al cambiar las reglas del juego, y ellas funcionar con los principios de antaño, hoy sólo son productoras de falta de sentido.
Los fines justifican la existencia de las instituciones y cuando alguna de ellas se considera a sí misma como su propio fin, se perdió el sentido.
Cuando no hay visión sobre la dirección que se persigue se recurre a los instrumentos para que nos orienten, pero éstos no son más que brújulas, huellas, señales confusas.
Este uso intensivo de sustitutos genera la prolífera actividad académica, relacionada con la ética y esto es así no porque el mundo se torna más moral, sino porque perdió toda significación y estos mismos instrumentos son los que ponen a las mismas organizaciones en peligro.
Cuando el entorno va cambiando lentamente, progresivamente, el “no sentido” no se siente. Pero cuando las certezas desaparecen, emerge la perversidad como consecuencia de ese “no sentido”, bajo distintas formas, como pérdida de compromiso, de confianza, embrutecimiento en el trabajo, negligencia, atropello y más.
La falta de sentido también propone la desvalorización del trabajo gratuito, único signo real del compromiso, del voluntarismo, esto es, la dependencia que tienen las organizaciones de la buena voluntad de quienes asocian, de la inversión personal que sólo se concibe si contribuye a construir algo en el futuro descifrable o materializable . La ética egoísta.
La falta de sentido, es una mala amiga, nos ayuda con la incertidumbre, porque así tenemos menos miedo, pero también menos ganas de correrlos. Dirigentes del mundo privado y público lo confirman.
Es momento para señalar un punto esencial: dicen que la gente se moviliza mejor por el deseo que por el miedo.
El sentido, también, modifica la relación con el espacio, nos preguntamos cuál es nuestro territorio de acción y cuántas veces debemos vencer la tentación de cuestionarnos para qué movilizarnos en un nivel si continuamente decisiones de otros horizontes y lugares del mundo neutralizan el esfuerzo.
Se torna imprescindible la presencia de actores y autores para imprimir sentido a la acción, esto es, sobrepasar el propio interés y contribuir a lo común. Ética.
A partir de allí todo fluirá, el sentido de multiplicidad de las disciplinas para ejercitarnos juntos en el dificilísimo arte del pensamiento complejo que no es el pensamiento simple mejorado y no es el que rechaza de ninguna manera la claridad y el orden.
El sentido para legitimar a aquellos que, cualquiera sea su status, logran crear confianza y favorecer la resolución colectiva de un problema que redunde en el progreso de las instituciones.
Una organización encuentra significado cuando aquellos que le aportan vida diariamente han hallado, ellos mismos, un sentido a la acción.
La participación, valioso medio que ha sido muchas veces confundido con el fin mismo.
Me pregunto, si alcanzará para salir de la crisis una voluntad estratégica que sintetice la participación, legitimidad, dirección y significación; un corazón multidisciplinario y la comunicación a través del diálogo para que todos quieran comprometerse.
Siempre hay más para decir, hacer, reflexionar sobre los valores pobres, los que animan, la gestión que impide, la que logra; otros continuarán, quizás con el mismo fuego sagrado que es posible hacer beber, aún a los que no tienen sed.
Ana María Saccomanno
Presidenta de la Federación de Profesionales del GCABA |